AVURNAVE

Aviso urgente a navegantes

No en la Armada, pero quien suscribe conoce en sus huesos que es hacer guardia en la hora fría que precede al alba. Lo peor la soledad. Solo ves luces. Verde a estribor, roja a babor, con buena suerte miles de lucecitas bajo el cielo estrellado. Con otra, que también es suerte pero de la mala, no ves ninguna luz. Te ves cubierto de agua.

Es dulce, de la lluvia, dijo el Viejo enviándome de un pescozón cariñoso de vuelta a proa ante mi petición de protegerme con algo más que la gorra. Si no te moja la salada no te preocupes, dice. A tu puesto. No es lo peor el frío, ni el sueño, que es el mal del marinero. No tengo hambre ni sed. En el velero tras el capitán el cocinero, dice el refrán, y aquí se come de muerte. Acaba de pasar el Viejo, compadecido ante este pobre aprendiz de grumete de segunda, con un café que lleva un chorro de algo que me rasca hasta el corvejón. Marcha tras darme otra colleja cariñosa (que casi me estampa contra el cabestrante) y quedo ahí. Solo.

No. No estoy solo. Muchos hermanos navegan en la ancha mar. Si por fortuna te cruzas suena la bocina, y el Viejo sale a la amura y se toca la gorra. Y quedas otra vez, solo. Muchos también quedaron bajo las aguas, navegando por siempre. Que suerte que Pedro Marinero está en la puerta del cielo. No puede, no puede ser que los marinos buenos que no se duermen en la guardia no reciban otra cosa que un fuerte abrazo y ropa seca. No. No estás solo.  Llaman a esto de Internet “navegar”. Ya será. Compañeros, no estamos solos. Sí, echo de menos aquel café que sabía a queroseno. Con el coronavirus cuanto me duele no abrazaros, no compartir el rancho. Pero sé que en la negra mar no estamos solos. Miro al este. Se disuelven las estrellas. Un nuevo día comienza.

La Redacción