UME

 

Raramente lo hacía, pero cuando mi entrenador de maratón me miraba a los ojos y simplemente musitaba “bien” yo sabía que el dolor iba a pasar, pero que el buen trabajo hecho duraría por siempre. Marchó un día y ahora está en el cielo de los corredores, allá donde no hay meta, allá donde todo es camino. Un corredor de fondo de corazón entenderá la última frase.

Muchos años después he tenido a veces que ponerme a prueba. Y le he sentido, físicamente, a mi lado. Su mirada severa, y ese “bien” que me decía en la victoria o la derrota, si había luchado de corazón. A veces, con una cerveza, se ablandaba un poco y me decía “hay una cosa, sabes, que se llama perder. Pero no voy a perder el tiempo hablándote de ello."

Nunca pisé un pódium. Pero nunca abandoné, aún con un abductor roto. No se hacen las cosas para que el pecho esté cubierto de oro por fuera, sino de orgullo por dentro.

Tal día como hoy, hace quince años, unos valientes se pusieron una boina amarilla.

No les interesaban los honores, sino el honor. Dame barro y una pala, hazme montar un hospital de campaña o luchar contra el fuego. Sabían que no se haría ninguna película sobre ellos, que no se cantarían canciones, y eso les hace más grandes. Algunos han marchado, jóvenes y con una vida por vivir. Vale. No serán hombres de mar. Pero veo a Pedro Marinero levantarse cuando vienen, cuando han quedado cercados por las llamas por no haber dado un paso atrás, y darles un abrazo de los que rompen costillas. He llegado a verlos cubiertos de mugre y sudor, y que os tengo que decir. Como dicen del Piyayo, solo puedo sentir un respeto imponente. Marcha uno, otro se pone la boina sabiendo que no va a vacilar en la discoteca. A veces se dice que faltan las palabras. No en este caso. Yo tengo una.

Bien.