El mausoleo de Isaac Peral y su relación Catalana

El 22 de mayo de 1895 fallecía en Berlín, en la clínica del eminente doctor Bergman, el teniente de navío de la Armada española don Isaac Peral y Caballero, víctima de un cáncer que se le había desarrollado en la sien izquierda de su cabeza. Embalsamado el cadáver, para posibilitar su traslado a España, sus restos llegarían una semana después a Madrid, donde residía con su familia desde que abandonara la Armada en 1891.

La intención de la propia Armada entonces fue la de habérselo llevado a San Fernando, en Cádiz, donde se quería que descansara para siempre en el Panteón de Marinos ilustres, pretendiéndose así que compartiese la gloria de estar junto a Churruca, Gravina, Méndez Núñez, y así hasta casi un centenar de marinos que allí reposan, pero la negativa de la viuda, que consideró que no se le dió en su momento el trato adecuado, hizo que tras una larga espera de 25 días en el depósito de cadáveres del cementerio de La Almudena, fuera sepultado finalmente en ese camposanto madrileño. Corría el verano de 1895.

Sería precisamente en ese año, cuando un afamado arquitecto catalán, Víctor Beltrí y Roquetas, natural de Tortosa, Tarragona, localidad en la que había ejercido como arquitecto municipal, decide afincarse en Cartagena, ciudad que estaba empezando a ser reconstruida de los graves destrozos que había causado en ella la revolución cantonal de 1873, dándose también la circunstancia de que renacía con fuerza debido a la gran riqueza industrial que generaba la explotación minera de su sierra, cuyas montañas seguían preñadas de diverso mineral, a pesar que desde la época de los romanos se seguían sacando de sus entrañas, sobre todo plomo y plata.

Unos años después, en la primavera de 1911, y debido a una serie de circunstancias, el cadáver de Isaac Peral sería exhumado de La Almudena y trasladado a Cartagena, su ciudad natal, donde volvería a ser enterrado en una modesta tumba a ras de suelo, pero mostrando ya entonces el consistorio de la ciudad su intención de erigirle en su momento un mausoleo acorde con la importancia del personaje.

Sería a comienzos de la década de los años 20 del pasado siglo, y coincidiendo con la presencia en Cartagena de Beltrí, ciudad en la que ya llevaba unos años demostrando su buen hacer, cuando el Ayuntamiento decidió que había llegado el momento de ejecutar el viejo proyecto del mausoleo de Isaac Peral y que Víctor Beltrí era la persona idónea para ello, recibiendo de manera oficial el encargo en 1926. Puesto manos a la obra, pronto diseñó un gran sarcófago de bronce decorado con motivos marineros, que iría cubierto por una gran bandera de España tallada en mármol blanco, reposando todo el conjunto sobre cuatro grandes ménsulas invertidas de hojas de acanto, que harían de patas, y todo sobre una estructura de granito en cuyo frontal se leería PERAL.

Una vez realizado el boceto del mausoleo, Beltrí le transmitió la responsabilidad de tallar las alegorías que lo circundan a José Moya Ketterer, un escultor cartagenero que se había establecido en Barcelona. El hecho de estar Moya afincado en la Ciudad Condal, y haber realizado ya alguna obra allí, -llegó a participar en alguna exposición conjunta con Salvador Dalí- le hacía ser conocedor del buen hacer de las empresas catalanas del sector, y tras recibir carta blanca del Ayuntamiento de Cartagena para que eligiese la que creyera conveniente, se decantó finalmente por encargar la realización del mausoleo a la Fundición artística TANAGRA, una empresa propiedad de otro catalán, don Miguel Gimeno Blanes, un empresario que se autodefinía como escultor- fundidor y que tenía los talleres y oficinas, tal y como se anunciaba en los carteles de propaganda de la época, en la barcelonesa calle de Montnegre nº 2.

Durante los primeros meses de 1927, se ejecutaría la obra, que llegaría a Cartagena en el verano de ese año para proceder a su montaje, que quedaría listo unas fechas antes del 1 de noviembre, fecha en la que el féretro conteniendo el cadáver de Isaac Peral, volvió a ser exhumado para ser trasladado a hombros de los comandantes de los submarinos, al que desde entonces es su definitivo lugar de reposo.

Al verificarse el traslado, tras ser depositado en el majestuoso mausoleo, se sucederían los discursos de rigor por parte de las autoridades locales -civiles y militares-, donde no faltaron elogios para Peral, así como para Beltrí, y la empresa que lo había materializado.

Desde aquella lejana fecha, el Arma submarina española rinde el 1 de noviembre de cada año homenaje al primer submarinista de la Armada, haciendo una ofrenda floral tras el rezo de un responso, a la vez que se recita una semblanza a su vida y a su obra, no faltando la alusión al arquitecto catalán artífice del artístico mausoleo, y cuyos restos reposan en la ciudad de Murcia.

DIEGO QUEVEDO CARMONA- ALFÉREZ DE NAVÍO ARMADA ESPAÑOLA (SUBMARINISTA)